miércoles, 27 de mayo de 2009

Y ella estaba ahí. Eperaba. Esperaba que saliera el sol, que al menos un rayo de luz le acariciara la cara.
Seguiò esperando.
Pero a diferencia de otras esperas, esta no dio frutos. Y se cansò.
De repente sintió que algo tocaba su piel. Feliz, al notar que algo habìa cambiado y que la monotonìa no se adueñaba por completo de su cuerpo, se pasò la mano por la frente. No sentìa calor, ni sentìa luz, sentìa frìo y humedad (mucho frìo)... No era el sol, era la lluvia que, una vez màs, habìa decidido acompañarla. No querìa eso, pensaba que la lluvia iba de la mano con la oscuridad y la tristeza, con el frìo.
Pensaba. Pensaba que algùn dìa el sol tendrìa que salir, que no podìa vivir encerrado, que el encierro no le convenìa y que la lluvia le daba frìo... Pero pensò tambièn que la lluvia la limpiarìa, la purificarìa, porque no hay nada màs puro que el agua. Entonces se sintiò mejor. El calor no corrìa por su cuerpo, pero si por su alma.
Y ella estaba ahì. Ya no esperaba.

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